Os pongo en escena. Una niña de seis años, tumbada en el sofá para ver una película que han escogido sus padres, como de costumbre, sin ser consciente de la experiencia negativa, incluso traumática que va a sufrir. Su padre le da al play y la película arranca de noche, en una playa. Un grupo de jóvenes de fiesta. Una chica del grupo se separa y corre hacia el mar para nadar sola. Mientras nada, algo invisible la acecha bajo el agua y es atacada. La niña no sabía que, desde ese momento, le darían miedo los tiburones. Esa niña soy yo, Ainara Lozano.
Aquel visionado fue mi primer contacto consciente con el poder del cine. No entendía todavía cómo funcionaban las imágenes ni las decisiones narrativas, pero sí comprendí algo esencial: que una película no termina cuando se apagan los créditos, sino que permanece en la mente del espectador. Desde ese momento, empecé a pensar en el cine constantemente, tanto de día como en mis sueños. Las películas que me marcaban lo hacían a través de sus colores y narrativas. Soñaba con ellas y creaba situaciones inspiradas en ellas, generándome la necesidad de volver a sus imágenes una y otra vez.
El laberinto del fauno transformó mi manera de mirar el cine. La capacidad de Guillermo del Toro de unir lo fantástico y lo real me fascinó y creó un patrón en mis preferencias cinematográficas. Películas como Mysterious Skin o La mala educación, que también comparten narrativas fragmentadas y el papel del color, han influido en mi creatividad y en mi gusto personal a la hora de crear.
Mi sensibilidad artística se vio ampliada también por el teatro musical y su relación directa con el cine. De pequeña formé parte de obras de teatro en mi pueblo, incluidos musicales, y aunque a lo largo de los años lo acabé dejando, lo retomé el año pasado de manera más profesional. Gracias a esta base en el teatro musical pude extender mi libertad creativa y expresión personal. Mi gusto cinematográfico fue influido por películas como The Rocky Horror Picture Show o Hedwig and the Angry Inch, en las que protagoniza el diálogo entre música y puesta en escena.
Con el tiempo, sentí la necesidad de pasar de la fascinación a la práctica. A los doce comencé a formarme en campamentos como Plató de Cinema y, más adelante, en Young Film Academy, donde pude experimentar de manera directa el trabajo audiovisual. Mi inquietud creativa y mi deseo de aprender me llevaron a explorar opciones universitarias en España, lo que me impulsó a asistir a las puertas abiertas de ESCAC en 2022. Inmediatamente conecté con su metodología práctica, su exigencia y su manera de entender el cine como proceso colectivo, que encajaba plenamente con mi forma de crear.
Años después, he tenido la oportunidad de seguir creciendo a través de experiencias internacionales como el campamento SOCAPA en Nueva York, donde desarrollé diversos cortometrajes durante tres semanas, y el Summer School (Advanced) de ESCAC, en el que realicé dos cortometrajes. Estas experiencias reforzaron mi formación técnica y creatividad y me permitieron crear vínculos y conexiones.
Gracias a este recorrido, he podido identificar los ámbitos en los que me veo profesionalmente dentro de la cinematografía. Me siento cómoda en cualquier área, pero me interesan principalmente la dirección y la dirección de fotografía. Me veo profesionalmente como una narradora audiovisual sensible y comprometida, con una mirada propia. Creo firmemente que la ESCAC es el espacio ideal para seguir desarrollando mi pasión por el cine.



